El caos vial y la fiebre en la sábana: muchas medidas, pocos resultados y calles saturadas por vehículos e imprudencia

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República Dominicana acumula leyes, pactos, planes, campañas, operativos y grandes anuncios para enfrentar el desorden del tránsito. Sin embargo, los tapones, las infracciones, la falta de consecuencias y las muertes en las vías siguen marcando la vida diaria de millones de ciudadanos

Por Abraham Marmolejos

El caos vial y la fiebre en la sábana: muchas medidas, pocos resultados y calles saturadas por vehículos e imprudencia

El tránsito dominicano parece vivir atrapado en una rutina conocida: cada cierto tiempo las autoridades anuncian un nuevo plan, una nueva campaña, una nueva estrategia, una nueva ley o una nueva inversión para “ordenar” las calles. Pero, al final, la ciudadanía sigue despertando con los mismos tapones, los mismos motoristas en vía contraria, los mismos carros estacionados donde no deben, los mismos choferes cruzando en rojo, los mismos camiones fuera de horario, los mismos vehículos con evidente deterioro que ponen en riesgo vidas, las mismas aceras ocupadas y la misma sensación de que manejar en el país es una batalla diaria.

La metáfora popular de “la fiebre en la sábana” describe bien el problema. Se cambian los nombres, los discursos, los letreros, los horarios, los operativos y las campañas, pero la enfermedad de fondo permanece: un sistema vial saturado, una cultura de imprudencia normalizada y un régimen de consecuencias débil que convierte muchas normas en simples sugerencias.

Un país con demasiados vehículos para tan poco orden

El crecimiento del parque vehicular explica una parte del caos, pero no todo. De acuerdo con la Dirección General de Impuestos Internos, al cierre de 2025 la República Dominicana registraba 6,640,871 vehículos, un aumento de 446,819 unidades frente a 2024, equivalente a un crecimiento de 7.2 %. Las motocicletas representaban el 57.9 % del total, con 3,846,694 unidades registradas.

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Av. Jhon F. Kennedy, una de las avenidas principales de Santo Domingo en "hora pico".

Es decir, el país no solo tiene más vehículos, sino más vehículos circulando en ciudades que no siempre fueron diseñadas para ese volumen. El resultado es visible en avenidas, barrios, entradas y salidas del Gran Santo Domingo, Santiago y otras zonas urbanas: calles estrechas, intersecciones colapsadas, transporte público informal, falta de parqueos, semáforos descoordinados y una convivencia difícil entre carros, motocicletas, guaguas, camiones y peatones.

Pero reducir el problema al número de vehículos sería cómodo. La saturación existe, sí, pero el desorden agrava todo. Un carril ocupado por vehículos mal estacionados, una parada improvisada en plena avenida, un motorista metiéndose entre carros sin casco, un conductor girando donde no debe o una guagua detenida en doble fila pueden convertir una vía complicada en un nudo imposible.

Muchas leyes, poca autoridad real

La Ley 63-17 fue aprobada para regular la movilidad, el transporte terrestre, el tránsito y la seguridad vial en la República Dominicana. La propia ley reconoce la necesidad de un marco actualizado, medidas educativas y dispositivos de control, coercitivos y punitivos eficaces para reducir infracciones y conductas de riesgo.

El problema es que una ley no cambia el tránsito por sí sola. Si la norma existe, pero no se aplica de manera constante; si la multa se pone, pero no se cobra; si la infracción se sanciona un día y se tolera al siguiente; si el conductor sabe que puede violar la ley sin consecuencias reales, entonces el sistema pierde autoridad.

Ahí está una de las grandes contradicciones del tránsito dominicano: el país tiene leyes, reglamentos, instituciones y agentes, pero en la calle muchas veces gobierna el más atrevido. El que se mete, pasa. El que bloquea, se queda. El que toca bocina, avanza. El que respeta, pierde tiempo. Esa inversión de valores explica por qué conducir correctamente a veces parece una desventaja.

El régimen de consecuencias sigue siendo el gran ausente

Las autoridades suelen hablar de sanciones, fiscalización y controles. Pero el ciudadano común percibe otra cosa: multas que no siempre se pagan, infracciones que no disuaden, operativos de temporada y una vigilancia que aparece en algunos puntos, pero desaparece en otros.

En 2024, la Digesett emitió cerca de dos millones de infracciones, pero el propio debate oficial ha reconocido que muchas multas no se recaudan adecuadamente y que los montos resultan insuficientes para desalentar conductas de alto riesgo.

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Motoristas y choferes irrespetando semáforo.

El sistema de puntos en la licencia es otro ejemplo. La normativa existe desde hace años y contempla pérdida progresiva de puntos por infracciones, con una lógica punitiva, preventiva y reeducadora. Sin embargo, su implementación efectiva ha sido una deuda pendiente, pese a que las autoridades la han vuelto a mencionar una y otra vez como parte de las medidas para enfrentar la siniestralidad vial.

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